Siempre Hay alguien especial para cada uno de noso¬tros. A veces, nos están destinados dos, tres y hasta cuatro seres. Pertenecen a distintas formas de vida y viajan a través de los mares, del tiempo y de las inmensidades celestiales para encontrar¬se de nuevo con nosotros. Proceden del otro lado de nuestro corazón los ha resguardado en los desiertos iluminados por la luna.
Es posible que nuestra mente diga: «Yo no te conozco.» Pero el corazón sí le conoce.
Él o ella nos cogen de la mano por primera vez y el recuerdo de ese contacto trasciende el tiempo y sacude cada uno de los átomos de nuestro ser.
Nos miran a los ojos y vemos a un alma a través del tiempo. El corazón nos da un vuelco. Se nos pone la piel de gallina. En ese momento todo lo demás pierde importancia.
Puede que no nos reconozcan a pesar de que finalmente nos hayamos encontrado otra vez, aunque nosotros sí sepamos quiénes son. Senti¬mos el vínculo que nos une. También intuimos las posibilidades, En cambio, él o ella no lo ve. Sus temores, su intelecto y sus proble¬mas forman un velo que cubre los ojos de su co¬razón, y no nos permite que se lo retiremos. Su¬frimos y nos lamentamos mientras el individuo en cuestión sigue su camino. Tal es la fragilidad del destino.
La pasión que surge del mutuo reconoci¬miento supera la intensidad de cualquier erup¬ción volcánica, y se libera una tremenda energía. Podemos reconocer a nuestra alma gemela de un modo inmediato. Nos invade de repente un sentimiento de familiaridad, sentimos que ya co¬nocemos profundamente a esta persona, a un ni¬vel que rebasa los límites de la conciencia, con una profundidad que normalmente está reserva¬da para los miembros más íntimos de la familia. O incluso más profundamente. De una forma intuitiva, sabemos qué decir y cuál será su reac¬ción. Sentimos una seguridad y una confianza enormes, que no se adquieren en días, semanas o meses.
Pero el reconocimiento se da casi siempre de un modo lento y sutil. La conciencia se ilumina a medida que se transmiten emociones. No todo el mundo está preparado para percatarse al ins¬tante. Hay que esperar el momento adecuado, y la persona que se da cuenta primero tiene que ser paciente.
, Gracias a una mirada, un sueño, un recuerdo o un sentimiento podemos llegar a reconocer a un alma. Sus manos nos rozan o sus la¬bios nos besan, y nuestra alma recobra vida súbi¬tamente.
El contacto que nos despierta tal vez sea el de un hijo a una madre o algo más íntimo. O
. Puede tratarse de nuestro ser amado que, a través de los siglos; llega a nosotros y nos besa de nue¬vo para recordarnos que permanecerá.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)